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UNA LECTURA DE LA CASA DE CARTON
Feagmento de Introducción

Luis Fernando Vidal

Pocos libros como La Casa de Cartón han sido tan determinantes en el proceso de la literatura peruana. Ya desde el momento de su aparición en 1928, el libro fue saludado como fundador de una línea estilística y de un desenfado renovador sólo comparable con Trilce. Y como en ese texto de Vallejo, en La Casa de Cartón el lenguaje asume el carácter de una aventura vanguardista y se yergue como el eje del proyecto que sustenta al relato. El protagonismo del lenguaje, y, por su conducto, del libre fluir de la conciencia, son de tal predominancia que la historia narrada resulta secundaria.

Si bien es cierto que existe consenso en torno al valor e importancia de La Casa de Cartón en lo concerniente a su aporte al desarrollo de la narrativa peruana contemporánea, hay una velada discrepancia acerca de su tipificación. Para algunos críticos estamos frente a una novela, para otros se trataría de un largo poema en prosa. Su estructura abierta y el énfasis puesto en el lenguaje influyeron en estas consideraciones. Sin hacer cuestión de estado, creo que el término genérico de relato es aplicable a este texto, habida cuenta de que en él existe, aunque laxa, una rama argumental.




PROLOGO
Fragmento

Luis Alberto Sánchez

A Martín Adán

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Pero, Martín Adán, con ser distinto a Rafael de la Fuente Benavides, tiene de semejante con él, el recato y su gesto modoso. De Proust aprendió quizá cierta delectación parsimoniosa en el describir, y de Joyce, un acento delator de sacristán. De la Fuente debió ser fraile. Me parece que alguna vez oí decir, cuando él era niño, que sentía la vocación eclesiástica. Felizmente, la inonía, la lectura, y el cigarrillo, le abroncaron un tanto la voz aflautada y la vocación pastosa. Jamás apreciaremos debidamente la influencia del cigarrillo en la literatura. De ahí han surgido esos poetas de café, esos charlatanes de chismografía burdelera, esos evocadores que apausan el relato con pitadas largas como humo de chimenea de «steamer». Pero, ni el cigarrillo ha podido borrar enteramente la actitud católica y modosa de Martín Adán. Sigue siendo un aristócrata, un clerical a medias, un tipo de Joyce, medio «Stephen Dédalus», aunque haga arte de vanguardia.

Porque, sin duda, éste es el arte de vanguardia. A algunos les parece que no y, claro, dentro de una monocordia política, todo cuanto no trasunta afán social, resulta apolítico y retrasado.
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De la Fuente es la vanguardia, por su frescura de imágenes, por su dislocamiento, por su humorismo, por su deportismo en el estilo; pero este afán de hacer literatura y frases, acusa cierto decadentismo distante del ritmo ruberiano, pero, no por eso, menos decadente. Lo decadente es ariostocrático siempre, pero hay un vanguardismo de lo decadente, y éste es el que practica Martín Adán. Con ello ratifica que en él no ha muerto el civilista. Simplemente asistimos a su extremaunción. Tiembla en los labios el «requiescat», pero no es tan fácil liberarse de la presión, aún invívita, de las ligas con «Index expurgatorum» para voluntades remisas y ángeles guardianes que se entretienen con música de pianola.
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Ya se hablará de Egúren, cuando asome el libro. Egúren, en efecto, a quien dedica el tomo, fue el numen tutelar de la infancia de Martín.




LA CASA DE CARTON
Fragmento

Martín Adán

A José María Eguren

Ya ha principiado el invierno en Barranco; raro invierno, lelo y frágil, que parece que va hendirse en el cielo y dejar asomar una punta de verano. Nieblecita del pequeño invierno, cosa del alma, soplos del mar, garúas de viaje en bote de un muelle a otro, aleteo sonoro de beatas retardadas, opaco rumor de misas, invierno recién entrado... Ahora hay que ir al colegio con frío en las manos. El desayuno es una bola caliente en el estómago, y una dureza de silla de comedor en las posaderas, y unas ganas solemnes de no ir al colegio en todo el cuerpo. Una palmera descuella sobre una casa con la fronda, flabeliforme1, suavemente sombría, neta, rosa, fúlgida2. Y ahora silbas tú en el tranvía, muchacho de ojos cerrados. Tú no comprendes cómo se puede ir al colegio tan de mañana y habiendo malecones con mar abajo. Pero, al pasar por la larga calle que es casi toda la ciudad, hueles zumar3 legumbres remotas en huertas aledañas. Tú piensas en el campo lleno y mojado, casi urbano si se mira atrás, pero que no tiene límites si se mira adelante, por entre los fresnos y alisos, a la sierra azulita. Apenas el límite de los cerros primeros, cejas de montaña... Y ahora vas tú por el campo en sordo rumor abejero de rieles frotados aprisa y en una gimnasia de aires deportivos aunque urbanos4. Ahora el sol mastiva jalde5 una cumbre serrana y una huaca, una mambla6 amarilla como el mismo sol. Y tú no quieres que sea verano, sino invierno de vacaciones, chiquito y débil, sin colegio y sin calor.

Más allá del campo, la sierra. Más acá del campo, un regato7; bordeado de alisos, y de mujeres que lavan trapos y chiquillos, unos y otros del mismo color de mugre indiferente. Son las dos de la tarde. El sol pugna por librar sus rayos de la trampa de un ramaje en que ha caído. El sol —un coleóptero , raro, duro, jalde, zancudo—. El señor cura párroco saca a su sombrero de teja, ladeando la cabeza, once reflejos de sombrero alto de seda, de tarro de ceremonia8 —los once reflejos se juntan arriba, en una convexa luz redonda—. Más allá de la ciudad, la sima clara y tierna del mar. Al mar se le ve desde arriba, con peligro de caer por la pendiente. Los acantilados tienen arrugas y tersuras impolutas, y livideces y manchas amarillas de frente geológica, de académica. Ahí están, en miniatura, las cuatro épocas del mundo, las cuatro dimensiones de las cosas, los cuatro puntos cardinales, todo, todo. Un viejo... Dos viejos... Tres viejos... Tres pierolistas9. Hay que ganar tres horas de sol a la noche. La ropa viene grande con excesos al cuerpo. El paño recepillado se esquina, se triedra10, se cae, se tensa —el paño, hueco por dentro—. Los huesos crujen a compás en el acompasado accionar, en el rítmico tender de las manos al cielo del horizonte —plano que corta el del mar, formando un ángulo X, último capítulo de la geometría elemental (primer curso)—; el cielo donde debe estar Piérola. Los mostachos de los viejos cortan finamente, en lonjas como mermelada cara, una brisa marina y la impregnan de olor de guamanripa, de tabaco tumbesino, de pañuelo de yerbas11, de jarabes criollos para la tos. Una bandera de seis colores, al henchirse lentamente de un viento muy alto, insensible abajo, acusa flancos de bailarina española. Consulado general de Tomesia, país que hizo Giraudoux con una llanura húngara, dos millonarios limeños, algunos árboles ingleses y un tono de cielo chino bordado. Tomesia, no lejos de su consulado general en cualquier parte. Una carreta de heladero pasa tras un jamelgo que cuelga afuera la lenguaza áspera y blanquecina. El pobre animal comería con gusto los helados del cubo escondido —helados de esencia de lúcuma, sabor opaco y elegante, apenas frío; helados de leche, amplios y lindos como un retrato juvenil de mamá al lado de papá; helados de esencia de piña que corresponden a los claveles rojos; helados de esencia de naranja, leves y nada conocidos—. ¡Cómo suena la carreta! Con las piedras que se va rompiendo el alma la pobre. Y por nada del mundo enmienda ella el rumbo —el rumbo recto hasta traspasar las paredes en las calles sin salida, recto hasta la imbecilidad—. Carretita, ven por este cesped, que el agua de la fuente mantiene suave para ti. Hay entre las cosas, ligas de socorro mutuo, que el hombre impide. El sonar de las ruedas de la carreta en las piedras del pavimento alegra a la fuente las aguas tristes de la pila. El cholo, con mejillas de sierra mojada de sangre y la nariz orvallada12 de sudor en gotas atómicas, redondas, el cholo carretero no deja pasar la carreta por el césped del jardín ralísimo. Los viejos observan: —«Hace frío. ¿Ayer?... ¡Lindo día! Diga usted, Mengánez...»



NOTAS:
  • 1 Que tiene forma de abanico.
  • 2 Fulgente. Brillante, resplandeciente.
  • 3 De zumo Líquido contenido en los vegetales, y que se saca exprimiéndolos o mojándolos. Aquí se utiliza aludiendo al aroma que se desprende de los vegetales al exprimirlos.
  • 4 La 1.ª ed. 1928 decía: «aires deportivos aunque ciudadanos».
  • 5 Color amarillo subido.
  • 6 Montículo aislado de forma redondeada.
  • 7 Charco que se forma de un arroyo pequeño, o el mismo arroyo.
  • 8 Sombrero de teja. El que tiene levantadas y abarquilladas las dos mitades laterales de su ala, en forma de teja; lo usaban algunas órdenes eclesiásticas. El sombrero alto de seda, de ala estrecha, copa alta y cilíndrica, plana por encima y forrado de felpa de seda negra, era llamado sombrero de tarro aludiendo a su forma, y se usaba en determinadas ceremonias.
  • 9 Dícese de los afiliados o simpatizantes del Partido Demócrata o de los admiradores de su fundador y líder, don Nicolás de Piérola. El pierolismo intentaba restituir el orden y el bienestar civiles, oponiéndose al autoritarismo de la plutocracia capitalina y del militarismo. Para hacer frente a tan poderosos enemigos, Piérola y el pierolismo buscaron el apoyo popular. En su sentido más amplio, el pierolismo es el permanente opositor, el conspirador por excelencia.
  • 10 Que se quiebra en tres direcciones.
  • 11 De tela ordinaria y de tamaño algo mayor que el usual, este pañuelo servía para envolver alguna hierba medicinal o aromática que se inhalana.
  • 12 Lloviznada.



COLOFON
Fragmento

José Carlos Mariátegui

De las publicaciones de este libro soy un poco responsable, pero como todas mis responsabilidades, acepto y asumo ésta sin reservas. Amanecida en una carpeta escolar, esta novela se asomó por primera vez al público desde las ventanas de Amauta, tres anchos trapecios inkaicos como los de Tamputocco, de donde están mensurando el porvenir los que mañana partirán a su conquista. Martín Adán no es propiamente vanguardista, no es revolucionario, no es indigenista.
Es un personaje inventado por él mismo, de cuyo nacimiento he dado fe, pero de cuya existencia no tenemos todavía más pruebas que sus escritos. El autor de Ramón es posterior a su criatura, contra toda ley biológica y contra toda ley lógica de causa y efecto. Las cuartillas de la novela estaban escritas mucho tiempo antes de que la necesidad de darles un autor produjese esa conciliación entre el Génesis y Darwin que su nombre intenta. Constituían una literatura adolescente y clandestina, paradójicamente albergada en el regazo idílico de la Acción Social de la juventud. Más aún, por humorismo, Martín Adán se dice reaccionario, clerical y civilista. Pero su herejía evidente, su excepticismo contumaz, lo contradicen. El reaccionario es siempre apasionado. El escepticismo es ahora demo-burgués, como fue aristocrático, cuando la burguesía era creyente y la aristocracia enciclopedista y volteriana.




* Tomado del libro LA CASA DE CARTON, Ediciones PEISA S.A.C., Lima, Perú.
Copyright: © Ediciones Peisa S.A.C., 2004.


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